Francia; tan cerca, tan lejos…

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“Se viaja no para buscar el destino sino para huir de donde se parte”, decía Miguel de Unamuno. Y es cierto. A mí me ha ocurrido recientemente. Después de unas semanas emocionalmente complicadas me he dado cuenta de que el lugar en el que habitas llega a mimetizarse con tu estado de ánimo. Y el mío, durante estos últimos meses, ha estado en baja forma. Entonces, Bilbao, mi adorado botxito, se convirtió en una ciudad inhóspita, repleta de días grises cargados de nostalgia. Se acercaba mi cumpleaños. Fecha complicada este año. Había que salir. Cambiar de aires. Respirar.

Y, entonces, Francia se me antojó un destino perfecto para “huir de donde se parte”. Desconectar los datos del móvil en cuanto cruzas al país vecino puede llegar a ser muy liberador. Y así, sin móvil disponible, llegué hasta Burdeos. Esta urbe industrial y marítima ha sido nombrada “mejor destino de Europa del año 2015″. Lo cierto es que, con tales expectativas, Burdeos me “decepcionó” un poco pero supongo que esto siempre ocurre cuando esperas tanto de un lugar. Si hay algo que me enamoró de esta ciudad fueron sus edificios luciendo orgullosos elegantes fachadas clásicas. Y sus cafés, sobre todo sus cafés :). Cualquiera de las terrazas de la ciudad invitaba a tomarse un refresco, un vino o un expreso mientras se ojeaba un libro o se observaba el ir y venir de los habitantes de la ciudad que, ajenos a las miradas indiscretas de turistas como yo, continuaban distraídos con su quehacer diario.

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En Burdeos me alojé en el Hotel La Porte Dijeaux, ubicado en el centro de la ciudad y con un parking público en las inmediaciones que te permite aparcar tu coche sin problemas. La estancia de dos noches en una habitación doble oscila los 150 euros. Razonablemente “económico” para un país donde hasta respirar sale caro :).

Uno de mis grandes descubrimientos en esta ciudad francesa fue la tienda “Made in vintage”(3, Place Jean Jaurès) donde adquirí una vieja máquina de escribir por el módico precio de 30 euros. El local merece una visita :).

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Lo cierto es que Burdeos se ve bastante rápido y, al tener tiempo de sobra, decidí conducir hasta Bergerac, un pintoresco pueblo que te regala estampas tan bonitas como las que os muestro a continuación. Pasear por sus calles y descubrir sus plazoletas son un auténtico regalo para los amantes del buen gusto.

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A la mañana siguiente, emprendí mi viaje hacia la próxima parada: La Dune du Pilat, la duna más grande de Europa. La verdad es que me gustó mucho descubrir este espectáculo de la naturaleza. Las vistas son inolvidables.

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Y de allí me dirigí a Hossegor, famosa población donde practicar surf es toda una religión. El tiempo acompañó y la gente ocupó sus calles para deleitarse en sus tiendas de ropa surfera buscando siempre alguna ganga que llevarse a casa. En las inmediaciones de la playa comí en el restaurante Little Princess. Previsible sí pero… ¡una pizza nunca decepciona!. El local está decorado con un gusto exquisito, la pizza estaba buena y la cuenta no fue excesivamente alta. Así que, es un sitio más que apetecible si decides visitar esta localidad.

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Mientras regresaba a casa en mi coche pensé que esta breve visita a Francia podía ser el comienzo de algo nuevo. Un nuevo comienzo. Viajar es un placer que te permite escapar de una realidad que, a veces, resulta incómoda. Viajar ayuda a olvidar. Y, sólo por eso, merece la pena.

¡Buen viaje! :)