SE HIZO TARDE – Relato Corto por Miren Negrete

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Hay libros que inspiran películas y películas que inspiran relatos. Hace ya muchos años vi un largometraje que me cautivó por su sensibilidad y, hoy, quiero materializar ese sentimiento a través de este relato que será el comienzo de una nueva aventura en la que me he embarcado.

La película en la que se inspira mi escrito es “Tiempos de azúcar” dirigida por Juan Luis Iborra. Espero que disfrutéis de este relato tanto como yo he disfrutado escribiéndolo. ¡Buena lectura!

SE HIZO TARDE

Él la vio nacer. Éste sería el comienzo del libro de su vida en común. Miguel estaba ayudando a su madre, Isabel, en la pastelería cuando una vecina del pueblo le avisó de que su amiga Consuelo se había puesto de parto. Miguel y su madre fueron a la casa de ésta y fueron testigos de cómo una niña con cara risueña y ojos despiertos, como queriéndose comer el mundo desde el mismo momento en el que había llegado a él, veía sus primeros rayos de luz. Miguel la observaba desde la puerta y, de lejos, oyó que su nombre sería Lucía. A partir de ese instante se prometió que a esa niña no le iban a faltar preciosas tartas por sus cumpleaños.

Un día Isabel se puso gravemente enferma, hasta que su corazón no pudo resistir más y se paró para siempre. Entonces Miguel tuvo que quedarse al cargo de la pastelería siguiendo la tradición familiar. Lucía estaba muy triste porque su amigo no podía jugar con ella, ya que el trabajo ocupaba todo su tiempo.

Con el calor que nos indica que el verano ha comenzado llegó el día de San Juan, en el que la tradición es pedir un deseo y saltar una hoguera. Lucía fue a buscar a Miguel para que, como todos los años, la saltasen juntos. Estaban delante de la fogata y cerraron los ojos para pedir ese deseo. En ese preciso instante un hombre tiró un cubo de agua, de manera que cuando abrieron los ojos el fuego se había apagado y, con él, la ilusión de compartir ese momento. Se había hecho tarde. Quizás en ese momento ninguno de los dos pensó que el tiempo nunca perdona.

Los años pasaban y llegó el día en el que Lucía hacía su primera comunión. Miguel no podría asistir porque debía quedarse trabajando, así que la noche anterior Lucía fue a buscarle para enseñarle cómo le quedaba puesto el vestido. Con el paso del tiempo ésta se había convertido en una adolescente llena de vida, inconformismo y ansiosa por comerse el mundo. Miguel, en cambio, se conformaba dando forma a sus pasteles. Y así transcurrieron días y noches hasta que, años más tarde, Lucía se marchó del pueblo para estudiar su carrera mientras Miguel seguía con su rutina de siempre.
Con el fin de año llegó una de esas primeras decepciones amorosas que llevan a toda mujer a odiar al sexo masculino en general. Lucía había conocido a un extranjero que le había dado “plantón”, ya que le había prometido que tomaría con ella las uvas pero el apuesto alemán no dio señales de vida. Una vez más Miguel estuvo a su lado y la llevó hasta el mirador para contemplar el primer amanecer del año. Sólo un buen amigo podía hacerle ese regalo. Tras esta mala experiencia en el amor, se prometió a sí misma no volver a enamorarse y trabajar muy duro para aprobar las oposiciones y ganar mucho dinero.

Entre exámenes de la facultad, libros y apuntes, Lucía comenzó a fijarse en Jaime, un compañero de clase. Su relación se afianzó tanto que él le pidió matrimonio. Ella accedió intentando convencerse de que con él sería feliz. La noche antes de la boda que tendría lugar en el pueblo natal de la joven, fue a ver a Miguel. Lucía apareció con un vestido blanco, circunstancia que los retornó al pasado, como cuando fue vestida de blanco impoluto con el traje de la primera comunión. Pero fue un espejismo porque el tiempo había pasado. Como desgarrándose por dentro, ambos se echaron a llorar y se abrazaron.

-Dime que no me case, le rogó Lucía.
Pero Miguel no podía hacer eso. Jaime era un buen hombre, la quería y la cuidaría. Además, no podía estropear la magia de su amistad aunque desde siempre supo que la amaba. Nunca se lo dijo por miedo a arrebatarle sus sueños de libertad. Decidió conformarse con ser el testigo mudo de su felicidad. Como si las lágrimas hubiesen ahogado sus palabras, Miguel no le contestó y la dejó marchar. Una vez más, se les hizo tarde.
Los años habían pasado, Lucía y Jaime habían tenido tres hijos y, juntos, habían montado un bufete que marchaba muy bien. Por su parte, Miguel había logrado ampliar su negocio. Ambos habían llegado hasta donde habían soñado. Y, sin embargo, no eran felices.
Como todos veranos, Lucía volvió de vacaciones al pueblo con sus hijos mientras su marido se quedaba en Madrid por asuntos de trabajo. Una noche, Lucía no podía dormir y subió al mirador donde también estaba Miguel y donde hace ya muchos años éste le había regalado el primer amanecer de un nuevo año.

-No estás bien, ¿verdad? – le preguntó Miguel
-No – contestó Lucía
-Yo tampoco – dijo él

Entonces, sin cruzar más palabras dieron rienda suelta a su amor con la pasión de toda una vida. En realidad les perteneció siempre. Lucía comprendió entonces que no podía engañar más a su marido, así que días después le confesó por teléfono una verdad que él ya sabía.

La tarde en la que Lucía cumplía 40 años estaba preocupada porque las horas avanzaban y Miguel no se había presentado aún en su casa con esa tarta de cumpleaños. Nunca se le había olvidado y además se lo prometió cuando la vio nacer. El móvil sonó y ella comprendió que todo había acabado. Miguel había sufrido un accidente de tráfico mientras iba hacia su casa con una gran tarta de nata y chocolate. La vida de Lucía se paró en ese mismo instante en el que se lamentó de no haber sido capaz de verbalizar antes el sentimiento de amor que sentía por su compañero de vida. Una vez más, se les había hecho tarde.