Una noche de agonía

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El general O’Donell sabía que le esperaba una larga noche de sufrimiento y dolor porque la muerte de su esposa era ya sólo cuestión de horas. Elisa había sido su compañera durante más de 40 años. Aunque ambos tenían un carácter muy fuerte, lo que en muchas ocasiones les llevó a plantearse su separación, siempre acababan reconciliándose. Eran dos seres que habían nacido para estar juntos. Pero ahora el final se acercaba.

Acompañando al general había una enfermera en la habitación de Elisa. Ésta había sido una mujer amable que trataba a su personal de servicio como a sus propios hijos. Ellos la adoraban. El general era un hombre reservado al que no le gustaba exteriorizar sus sentimientos. Ahora todos eran de dolor.

Desde el cielo los truenos rugían con fuerza y los ángeles lloraban de alegría porque Elisa pronto estaría junto a ellos. Las lágrimas que los criados y su esposo derramaban eran de tristeza porque Elisa les iba a ser arrebatada para siempre. La tormenta era tan fuerte que las luces de la casa parpadeaban continuamente hasta que llegaron a apagarse. La mansión se había quedado en tinieblas y se vistió de luto anticipándose al amargo desenlace.

El sonido de los truenos era tan desgarrador que impedía oír el eco de la aldaba resonando en la puerta de doble hoja. Tras ella se encontraba el doctor Smith, amigo de la familia y el encargado de controlar la enfermedad de Elisa desde que le fue detectada. La familia O’Donell hubiese preferido que esta noche el doctor no fuese su invitado. El general sabía que la presencia de éste no iba a impedir lo inevitable, pero prefería contar con su parecer como médico y con su apoyo como amigo. Uno de los sirvientes le recibió con un candelabro en la mano. La sombra se dibujó en la pared.

Mientras tanto, en su habitación, Elisa se precipitaba inevitablemente a emprender su último viaje. Su voz temblaba y se convertía en un susurro conforme avanzaban las horas pero quizás fue el amor que sentía por “su general”, como a ella le gustaba llamarle, lo que le dio fuerzas para despedirse de él. Los años vividos habían sido muchos y también las experiencias compartidas. No era el momento para los reproches ni para recordar malos momentos. Ahora sólo importaban él y ella y una historia de amor tan fuerte que ni siquiera una pequeña muerte podría destruir.

Su voz entrecortada y fatigada por el esfuerzo de hablar apenas dejaba adivinar lo que se desprendía de los labios de Elisa, pero sí las dos palabras que resumían lo que fueron buenos momentos: “te quiero”.

De una manera u otra, el general sabía que estas palabras serían las últimas pronunciadas por la mujer a la que tanto iba a echar de menos. Él la besó en la frente mientras su corazón latía apresuradamente.

El doctor no había llegado a entrar en el cuarto porque lo que Elisa necesitaba no eran sedantes ni otros medicamentos, sino el amor y la compañía de su amado. Smith mandó a uno de los empleados que le trajesen el abrigo y el sombrero que minutos antes había dejado en el guardarropa. Su presencia en la casa era ya innecesaria porque sabía que a su amigo no le gustaba que le viesen llorar.

El general y la enfermera decidieron abandonar la habitación, no sin antes vestir el cuerpo inerte de Elisa con el vestido que O’Donell le regaló a su mujer cuando fue nombrado general del Ejército. Ambos recordaban siempre ese momento con nostalgia.

El general ordenó al chófer que le recogiese en la puerta de la casa. Necesitaba estar solo para pensar en cómo podrá sobrevivir los años que le quedan sin Elisa. Ella se ha marchado y ahora a él sólo le queda esperar la llegada de su propia muerte. No se despedirá de su amigo ni de los sirvientes porque ahora sobran las palabras, aunque a todos ellos ha de darles las gracias por su apoyo incondicional. Pero ahora no es el momento. Ahora no puede. Decide salir, junto a la enfermera, de la alcoba de Elisa y dejarla descansar para siempre. El general respira con dificultad. Abre la puerta. Las luces y las sombras bailan por la escalera. Bajan sin decir palabra, los criados salen a su encuentro, con velas, con el abrigo y el sombrero del señor. Segundos después, delante de la puerta de doble hoja se oye el ruido de las ruedas del coche sobre la gravilla blanca. El general se había despedido sin decir nada, con un apretón de manos.